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Insights

La mente del jugador en periodos de incertidumbre
13 Dic 2021   -   

“La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido.” H.P. Lovecraft

Existen muchos miedos, pero tal como dejó escrito Lovecraft, uno de los grandes genios de los relatos de terror, el mayor temor humano siempre ha sido a lo desconocido. Lo hemos vivido desde nuestra más tierna infancia. No saber qué hay en esa habitación oscura o desconocer a quién nos vamos a enfrentar en el terreno de juego siempre es más inquietante que la constatación de que hay un monstruo bajo la cama o de que jugamos contra el favorito en todas las quinielas. Porque el rival puede ser inexpugnable, pero está ahí, sabemos de su existencia y podemos empezar a pensar qué hacer o cómo actuar. Tierra firme que no podemos pisar si no tenemos ninguna información.

Nuestro cerebro ante la incertidumbre

El origen de que nos cueste tanto gestionar lo incierto en nuestra vida viene de la parte más primaria de nuestro cerebro. Como animales que buscan la supervivencia evitamos los peligros. Y no hay mejor manera de conseguirlo que movernos en terreno conocido, donde sepamos de cada posible riesgo que exista. ¿Qué sucederá en el caso de que desconozcamos algo o que estemos viviendo una situación de alta incertidumbre? Que inmediatamente lo reconoceremos como un peligro potencial.

Puede sonar exagerado, pero distintos estudios han demostrado que vivimos con más tranquilidad la espera de un daño asegurado y anticipado que la incertidumbre de que ese daño llegue o no a producirse. Así lo pudieron comprobar de Berker y su equipo cuando en un experimento descubrieron que los participantes que sabían que iban a recibir una descarga eléctrica sufrían menos ansiedad que los que eran informados de que había un 50% de probabilidades de que tuviera lugar el chispazo.

Desconocer lo que nos va a suceder nos pone inmediatamente a buscar maneras de entrar en acción y ponernos a salvo. Y no solo eso: también nos instala en una especie de situación de hipervigilancia en la que no dejamos de estar pendientes de lo que pueda suceder y de imaginar todas las posibilidades que pueden darse ante la posibilidad de un suceso. Algo que, de gestionarse mal, acaba por agotarnos física y mentalmente.

Sabemos que un escenario incierto puede traer tanto malas como buenas noticias, pero nuestro cerebro se empeña en enfocarse en las negativas mientas busca peligros potenciales. Así se cierra un círculo vicioso en el que a mayor incertidumbre, mayor probabilidad de pensar en los peores escenarios, repercutiendo todo ello en una mayor zozobra para la persona. Lo que no quiere decir que no existan soluciones o maneras de gestionar todas estas variables para intentar lograr que vayan a nuestro favor, en la vida o en el campo de juego.

Aprovecharse de lo incierto

Es probable que estén cansados de escuchar ese mantra repetido hasta la saciedad: tenemos que salir de nuestra zona de confort. Pero es que, en el fondo, y siempre con matices, tiene todo el sentido del mundo. De la misma forma que aprendemos más cuanto mejor es nuestro rival en la cancha, jugar contra la incertidumbre es un enfrentamiento del que, si sabemos gestionar nuestros recursos, podemos salir reforzados.

Para empezar, porque una etapa de incertidumbre bien gestionada a nivel mental puede fortalecer los procesos de aprendizaje de nuestro cerebro. Así lo comprobaron investigadores de Yale en un estudio cuyo resultado, una vez leído, tiene todo el sentido del mundo. En un entorno predecible nuestro cerebro se relaja y se esfuerza poco. Se encuentra en un escenario muy poco exigente y, de la misma forma que el deportista sin retos no mejora sus marcas, tampoco nuestro cerebro trata de batirse a sí mismo. Pero si el entorno es volátil y la situación cambiante, trabajará duro para adaptarse a cada nuevo momento, y con ello mejorará su tendencia a absorber más información en menos tiempo. Un balance entre las expectativas que nos da el conocimiento de lo estable y el aprendizaje de una nueva situación, de lo que parece encargarse una hormona llamada noradrenalina.

Sin embargo, y como mencionamos antes, una cosa es decirlo y otra muy distinta hacerlo. La ansiedad nos puede llevar al bloqueo y cualquier aprendizaje se verá impedido por una mala gestión de las emociones. Es, por tanto, necesario aceptar lo incierto en nuestras vidas sin caer en la preocupación por lo que pueda venir, siendo conscientes de que las distintas certidumbres se irán materializando y, si aprendemos en cada momento, iremos desarrollando formas de lidiar con ellas. Eso reducirá sin duda nuestros miedos y nuestra ansiedad, pero tal vez sea necesario mucho trabajo previo antes de intentarlo.

Por otro lado, centrarnos no tanto en esos futuros posibles como en el presente ha demostrado ser una herramienta muy eficaz contra los males de la incertidumbre. Porque como decíamos, lo peor de esa ansiedad nacida de lo desconocido no es lo que va a venir, porque no se sabe qué será, sino la expectativa que nosotros mismos generamos. Ese mal habita en nosotros y aprender a centrarse en el presente puede ser muy revelador a la hora de reducir la ansiedad ante lo desconocido.

Un trabajo que podremos realizar en solitario, pero para el que no deberíamos tener miedo ni vergüenza para pedir ayuda si es necesario. A nuestro entrenador, a nuestros compañeros o a profesionales de la salud mental. Porque es natural sentir miedo. De hecho, es con toda probabilidad lo más natural que hay en nosotros. Y tenemos que aprender a tener una relación sana con él en la que no caigamos en intentos de esconderlo o negarlo. Solo aceptándolo y viviéndolo empezaremos a entender cómo podemos trabajar con él para que no nos absorba por completo. Y, con ello, para saber vivir en este caos absoluto que es la vida. Con sus victorias, sus derrotas, y lo que esté por venir. Sea lo que sea.

Bibliografía

de Berker, A., Rutledge, R., Mathys, C. et al. (2016). Computations of uncertainty mediate acute stress responses in humans. Nature Communications 7, 10996.

Grupe, D. W., & Nitschke, J. B. (2013). Uncertainty and anticipation in anxiety: an integrated neurobiological and psychological perspective. Nature reviews. Neuroscience, 14(7), 488–501.

Massi, B., Donahue C.H., & Lee, D. (2018). Volatility facilitates value updating in the prefrontal cortex. Neuron 99 (3), 598-608. e4.

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